El plan para una integración inteligente y ética de la IA en su empresa
José Manuel Mateu de Ros es fundador y consejero delegado de IQube y Zertia.
En 1997 se alcanzó un hito en la inteligencia artificial (IA) cuando el superordenador Deep Blue de IBM derrotó al campeón mundial de ajedrez Garry Kasparov. Por primera vez, una máquina superaba a un humano en un juego considerado durante mucho tiempo la cumbre del pensamiento estratégico. Hoy en día, la IA no sólo gana partidos: conduce coches, diagnostica enfermedades e incluso diseña organismos vivos, como plantas o bacterias para la producción de biocombustibles. La IA se define como cualquier tecnología que simula la inteligencia humana, aunque en el caso de Deep Blue, podríamos argumentar que incluso la supera. Pero, ¿qué significa ser inteligente? Es la capacidad de aprender a reconocer patrones y proyectar esos patrones en el futuro.
Para ilustrar este concepto, consideremos un ejemplo sencillo: no atribuiríamos inteligencia a una piedra, pero un perro sí la tiene. Tomemos como ejemplo el famoso experimento de Pavlov: sus perros aprendieron a asociar el sonido de una campana con la comida, lo que les hacía salivar incluso antes de ver la comida. Esta capacidad de identificar patrones y anticipar resultados es una forma fundamental de inteligencia, muy parecida a lo que hacen los sistemas de IA cuando analizan datos para identificar tendencias y hacer predicciones.
Pero, ¿cómo ha evolucionado la IA desde ganar partidas de ajedrez hasta convertirse en una fuerza tan transformadora de nuestra vida cotidiana? El punto de inflexión se produjo en noviembre de 2022, cuando, por primera vez, el público tuvo acceso gratuito a un modelo de IA muy avanzado a través de una interfaz de usuario intuitiva. Este tipo de IA, conocida como IA generativa, difiere de la IA tradicional. Mientras que la IA tradicional está diseñada para analizar e interpretar datos existentes, la IA generativa se centra en crear contenidos totalmente nuevos. Por ejemplo, mientras que la IA tradicional puede sugerir una película, la IA generativa puede escribir una historia original, generar una imagen o incluso diseñar un producto desde cero.
El impacto de la IA
La IA generativa tiene el potencial de automatizar entre el 60% y el 70% de las actividades laborales actuales, aumentando la productividad laboral entre un 0,1% y un 0,6% anual hasta 2040. El uso de la IA en las empresas puede dar lugar a mejoras significativas en la eficiencia y la rentabilidad mediante la automatización de tareas repetitivas y la racionalización de los flujos de trabajo. Por ejemplo, Amazon aprovecha la IA para optimizar la logística y las cadenas de suministro, mejorando la velocidad de entrega y reduciendo los gastos. Además, se ha demostrado que los chatbots de IA aumentan la productividad del servicio de atención al cliente hasta en un 45%, gestionando las consultas de forma más rápida y eficaz.
Más allá de la automatización, la IA mejora la toma de decisiones analizando grandes conjuntos de datos en tiempo real, lo que permite a las empresas financieras y manufactureras optimizar operaciones como la planificación de rutas, la detección de fraudes y el mantenimiento predictivo. Además, la IA fomenta la innovación, especialmente en investigación y desarrollo. Un ejemplo concreto son los algoritmos desarrollados en instituciones punteras como la Universidad de California, que han alcanzado una precisión del 92% en el diagnóstico de enfermedades hasta seis años antes que los métodos tradicionales al detectar patrones que a menudo son invisibles para los médicos.
Buenas prácticas para la integración de la IA
Sin embargo, para que la IA despliegue todo su potencial, es crucial integrarla con una intención estratégica en lugar de aplicarla indiscriminadamente con la esperanza de resolver diversos problemas. Las organizaciones que logran implantar la IA no la ven como un "martillo en busca de un clavo". En su lugar, utilizan la IA como una herramienta específica para abordar problemas concretos, tanto si estos retos son internos como si pertenecen a las necesidades de los clientes.
El primer paso en este proceso es definir claramente su intención detrás de la implantación de la IA. Se recomienda empezar por identificar los problemas concretos que se pretenden resolver. Por ejemplo, puede descubrir que los tiempos de respuesta del servicio de atención al cliente han aumentado un 30 % este trimestre, o que los costes de captación de clientes han aumentado significativamente a lo largo del año.
Una vez identificados los principales puntos débiles, el siguiente paso es analizar cuáles de estos retos podrían abordarse mediante la IA. Invertir tiempo en conocer el potencial de la IA es clave.
Otra estrategia eficaz consiste en enfocar el proceso desde la perspectiva del caso de uso. Para ello, cree un inventario de todas las actividades que realiza a diario, documentando cada tarea en detalle. Una vez que dispongas de esta lista exhaustiva, podrás reflexionar sobre qué actividades consumen especialmente tiempo, son repetitivas, implican el manejo de grandes cantidades de datos, requieren hacer predicciones o se centran en la generación de contenidos y tareas con mucho texto.
Registre el tiempo dedicado a cada tarea al mes, su frecuencia y asigne un valor al beneficio potencial que podría aportar la automatización. También es aconsejable empezar aplicando proyectos piloto con un pequeño grupo de usuarios, probando la eficacia de las herramientas de IA antes de invertir en una implantación generalizada. Cada empleado del grupo puede aplicar una de las dos metodologías utilizadas; por ejemplo, los representantes de ventas podrían utilizar la IA para automatizar las respuestas personalizadas por correo electrónico, mientras que los analistas podrían aprovechar la IA para generar informes más precisos y rápidos. Establecer unos KPI claros durante un periodo de 90 días permitirá a las empresas hacer un seguimiento de cómo la IA está resolviendo problemas o aumentando la eficiencia en comparación con cómo se realizaban las tareas sin estas herramientas.
Al supervisar de cerca el uso de las herramientas de IA, las organizaciones pueden determinar las áreas en las que la tecnología ofrece un valor real e identificar dónde se necesita formación o ajustes adicionales. Esto también ayuda a decidir si aumentar o reducir las inversiones en IA. Además, los programas piloto pueden revelar campeones internos: empleados que no sólo son testigos de primera mano de los beneficios de la IA, sino que también son apasionados de la tecnología y naturalmente expertos en su uso.
Otro escollo común en la adopción de la IA es suponer que la mera implantación de la tecnología creará valor automáticamente. A pesar de las importantes inversiones en inteligencia artificial realizadas por empresas como Chevron, muchas empresas siguen teniendo dificultades para aprovechar todo su potencial. Los recientes esfuerzos de Chevron por implantar herramientas de IA como Microsoft Copilot y chatbots internos aún no han dado resultados concretos, lo que ha llevado a su CIO a cuestionar la eficacia de estas tecnologías. Para que la IA arraigue de verdad, los empleados necesitan programas de formación a medida que aborden sus necesidades y funciones específicas. Confiar únicamente en la formación proporcionada por el proveedor puede ser limitante, ya que a menudo se centra en los aspectos técnicos del producto sin abordar cómo se integra la IA en las operaciones empresariales cotidianas.
Mitigar los principales riesgos de la adopción de la IA
Otros riesgos a tener en cuenta para una implantación sostenible que las empresas deben vigilar son las alucinaciones de la IA, la privacidad y seguridad de los datos, la gestión del cambio y el cumplimiento de la normativa.
Las alucinaciones se producen cuando los sistemas de IA generan información falsa o engañosa. Este fenómeno puede ser especialmente peligroso, ya que la IA puede presentar hechos inventados como si fueran exactos. Por ejemplo, en casos judiciales recientes, los abogados se enfrentaron a graves consecuencias tras basarse en precedentes ficticios generados por IA. Esto pone de relieve la importancia de considerar la IA como un asistente que complementa el trabajo humano y no como un creador autónomo.
La privacidad y la seguridad de los datos son preocupaciones primordiales en la era de la IA. Los sistemas de IA dependen de grandes cantidades de datos para su funcionamiento y entrenamiento, lo que puede introducir nuevas vulnerabilidades. Una mala gestión de los datos, como el almacenamiento inseguro, la transmisión no cifrada o el acceso no autorizado, puede dar lugar a importantes violaciones de la privacidad. Además, muchos sistemas de IA interactúan con aplicaciones y servicios externos a través de API que, si no están debidamente protegidas, pueden ofrecer a los atacantes la oportunidad de explotar estos sistemas.
La gestión del cambio es crucial en la transición a las tecnologías de IA, ya que la resistencia a menudo surge del miedo al desplazamiento de puestos de trabajo y a la obsolescencia de las competencias. Para gestionar con éxito esta transición, las empresas deben definir y comunicar claramente los objetivos de la adopción de la IA, asegurándose de que todas las partes interesadas comprenden los resultados previstos.
El cumplimiento de la normativa es un reto importante, ya que los gobiernos luchan por seguir el ritmo de la rápida evolución de la IA y muchos países carecen de un marco claro. Combinado con las diferentes normativas nacionales, establecer normas universales es casi imposible, lo que crea incertidumbre para las empresas. Por lo tanto, uno de los mayores retos es que las empresas se mantengan al día de las normativas que afectan a sus modelos y permanezcan ágiles para garantizar el cumplimiento.
El camino hacia una integración inteligente y ética de la IA implica elaborar una visión estratégica que alinee el potencial transformador de la IA con sus objetivos organizativos. El verdadero éxito de la IA se mide por su capacidad para mejorar las capacidades humanas, fomentar el crecimiento sostenible y generar valor para todas las partes interesadas, evitando al mismo tiempo los escollos éticos y los riesgos perjudiciales.
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